La pirámide de la convivencia

Aparece como tema importante en muchas familias, y si no lo es llegará a serlo. Incluso se recogen en numerosos libros y hasta en un programa televisivo. Me refiero a la convivencia con adolescentes.

Casi la propia palabra asusta a algunos adultos, porque se asocia con conflicto, con cambio, con desordenes, con oposición, con discrepancia, con dudas, con probaturas en ocasiones arriesgadas. Pero no exageremos, si bien es cierto que es una época difícil, esto no debe implicar que se considere como un período vital de desavenencias permanentes.

Es una fase relevante para la maduración de cualquier persona, de ahí lo importante que significa saber qué es normal y qué no en esa relación con el adolescente, que es aceptable y que no, que es discutible y que no.

Se ofrecen a continuación algunas sugerencias que, tomadas de manera reflexiva y relativa, podrían ayudar a algunos hogares a afrontar el reto de la convivencia familiar con un estilo más productivo y relajado.

1.- Pirámide Invertida:

Entienda que su hijo atraviesa, como cualquier ser humano, por diversas etapas, en el sentido de que siempre será su hijo, pero no siempre será un niño. Esto implica que sus ideas, creencias, proyectos, etc., van cambiando constantemente, casi con seguridad hacia un nivel estable de madurez.

De esta manera, los padres deben entender que su hijo empieza a tener un criterio propio, una “forma personal de ver la vida”, por lo que es conveniente que los progenitores vayan algo así como cediendo terreno, en el sentido de permitir mayor libertad en la toma de decisiones.

2.- Doble Cara de la Moneda:

Al hilo de lo anterior, los Derechos de los hijos van creciendo a medida que cumplen años, sobre todo, que su grado de madurez va aumentando. Eso sí, esta moneda tienes dos caras, nos referimos a los Deberes, los cuales también han de ir en progresión y cogidos de la mano con esos Derechos antes mencionados.

3.- Espacio Personal:

Todos necesitamos nuestro espacio, el círculo propio. Quizás en la adolescencia se anhele más esta zona que en ningún otro momento de la vida, aunque eso sería discutible. De todas formas, los padres harían bien con respetar ese espacio, con pretender saber todo, todo y todo lo que hacen sus hijos en cada momento del día, eso sería como tenerlos bajo vigilancia, algo poco recomendable. (recordemos el punto 1)

4.- Tempus Diverbium:

O lo que es lo mismo, “el momento sofá”. Cuán importante resulta la comunicación para el entendimiento de las personas. No puede ser menos para el encuentro necesario entre padres e hijos. Acostumbre a sus hijos y acostúmbrense los mayores a dialogar, a debatir, a exponer, a comentar lo que se piensa y siente, lo que se quiere, con respeto y empatía, pero sin guardarse nada. Es preferible saber qué pasa por sus cabezas y que pasan por la de sus padres.

Como decíamos al inicio, tomen estas consideraciones desde la crítica y su propia experiencia, pero no olviden que el tiempo sólo pasa, no cura o resuelve nada si no se utiliza para afrontar el asunto en cuestión.

 

La pregunta del “millón”: ¿Cómo saber qué hablar y cuándo con un hijo adolescente?

 

Manuel Salgado Fernández (Vuestro Psicólogo)